‘Ahora, para descontrolarnos, vamos a la discoteca. Ojalá los padres prohibieran a sus hijos ir al teatro.’ Fascinado por la Internacional Situacionista de Guy Debord de los años 50 y 60 y apasionado de los cuentos de Chéjov, entiende el teatro como un instrumento capaz de poner contra las cuerdas a nuestro pensamiento, nuestros hábitos y nuestra sociedad, con un bombardeo de ideas y situaciones. Siempre desde la óptica teatral más dionisíaca, los espectáculos colocan al creador, al actor y al público en crisis, eliminando las máscaras de unos y otros, en una atmósfera de duda y preguntas sin respuesta. Este es el teatro que le interesa a Roger Bernat, un teatro que nos obliga a afrontar debates voluntariamente incómodos y que busca asomar todo lo que no está previsto, que se escapa de nuestra mirada, que sabemos que está y no vemos o que simplemente no queremos ver. Un teatro que desde el primer minuto intenta dialogar descaradamente con la realidad social, sin límites y por cualquiera que sea el camino.
Roger Bernat empezó a formarse como arquitecto y no fue hasta los 25 años que descubrió el teatro. Estudió dirección y dramaturgia en el Institut del Teatre de Barcelona, donde se tituló con el Premio Extraordinario (1996). Aun así, asegura que desde entonces ha intentado olvidar todo lo que aprendió. En 1997, recién salido de la factoría barcelonesa, creó y dirigió, junto a Tomàs Aragay, la compañía General Elèctrica, una ‘célula de agitación escénica’ que produjo una decena de espectáculos (10.000 Kg, Premio Especial de la Crítica 1997, Confort Domèstic, Premio de la Crítica al Texto Dramático 1998, y Trilogia 70, entre otros) y que acabó pisando los escenarios de los grandes teatros del país de la mano de Xavier Albertí. General Elèctrica acabó por cerrar en 2001 por falta de apoyo institucional. Desde entonces, Bernat no ha podido librarse nunca de la etiqueta de enfant terrible del teatro catalán, y el público que lo sigue ya ha aprendido con los años que, una vez que tiene la entrada rasgada entre las manos, debe olvidarse del teatro de texto clásico, de la comedia, del musical y de cualquier tipo de convención artística actual. ‘Por eso hay que correr’, dice Bernat, ‘porque todo lo que en un principio es rebelión, acaba por convertirse en un tic.’
Después del éxito de Que algú em tapi la boca (2001), tercer título de Trilogia 70, creó Bona gent (2003), un ciclo de seis espectáculos de bajo presupuesto con la colaboración de Juan Navarro, y Bones intencions (2003). Acto seguida dirigió Amnèsia de fuga (2004), LA LA LA LA LA (2004), Tot és perfecte (2005) y Das Paradies Experiment (2007), entre otras, en una constante búsqueda de nuevas formas y registros para confrontar el arte con la realidad.
La última propuesta ha sido Domini Públic (2008), en la que los espectadores, vagando por la plaza Margarita Xirgu de Barcelona, reciben instrucciones a través de unos auriculares y se convierten en actores. Se trata de que sean ellos (nosotros) los que, mirándonos los unos a los otros desde una nueva perspectiva y confesando intimidades, construyamos las escenas y hagamos el espectáculo, interpretándonos a nosotros mismos. Como hacemos a diario, de hecho, pero en un espacio ficticio, de dominio público. En una línea similar, pero como siempre distinta, en el próximo espectáculo de Roger Bernat, Rimuski, los actores recorren la ciudad en taxi, y los espectadores, desde la sala y en directo, siguen todo lo que pasa a través de una pantalla. Todo lleva a pensar que será, una vez más, una nueva manera de hacer teatro y una nueva muestra de agilidad a la hora de esquivar los vicios del arte actual. En definitiva, una nueva formulación de las cuestiones de siempre: quién somos, dónde estamos y cómo vivimos.